sábado, 21 de noviembre de 2009

Confesiones




Al fin verano, la respuesta del calor por excesivo sol, las calles abarrotadas de una locura monótona por la carga de las compras de rutina porque no hay  una festividad por la cual celebrar,  el continuo devenir de los automóviles que pretenden corren aún contra el resto de los microbuses y de  los camiones pero sobre todo en contra de los peatones.
Estoy aburrida y cansada de esta febril angustia de andar corriendo tras de todo este sistema artificial llamado ciudad, sus habitantes de extraña perversión, de la sangre y los asesinatos donde los periódicos  día con día  se regocijan en publicar con una toxica morbosidad en contraportada de un voluptuoso cuerpo de mujer para el consuelo de sus lectores.  
Camino lentamente chocando contra los pisos nuevos de las calles del centro que se contraponen a los edificios viejos, su nueva imagen urbana  acompañada de bancas, luces, plantas, gente que quiere vivir un resplandor haciendo de todo este encanto su espacio. Pero entre este resurgiendo de vida se puede detectar la gente que busca comida, grita miseria, encuentra agonía y dolor por un abandono constante del sistema social.
Ahora me encuentro metida en este edificio de concreto, tratando de no marearme por un temblor constante de mí ser, fijo mi mirada hacia el cielo y la vista se vuelve tormentosa, mientras que la lluvia moja los vidrios con cierta violencia como la que existe entre nosotros los habitantes de esta enorme urbe la cual no podemos dejar convirtiéndose en una adicción que es más fuerte que los amantes televisivos; siempre nuestra pero al fin de nadie; unos nacimos en su  centro de fuego, otros más que llegaron por sus vientos fieros pero al final ella nos traspasa con los siglos porque al final morimos presa de sus fuertes encantos, que crece, que devora, que genera,  que arranca, que desquicia, que hace historia.
Es la hora del tráfico desquiciante, la gente que abandona sus trabajos para realizar sus recorrido, la mente que desquiciada corre hacia la tragedia, el susto, el horror, la pena, la muerte que llega junto a un concentrado de gente, todos comentan para la incomodidad de la ruptura de la regularidad pero al fin no estamos preparados para la tragedia.
Se ha terminado el tiempo, hay que tocar la cama, cerrar los ojos, pasar hacia otros mundos.




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